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jueves, 23 de marzo de 2017

La Canción de Roland (26/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión
19.- La congoja del Rey Marsil
20.- El Emir Baligan
21.- Marsil recibe ayuda
22.- Marsil y Baligán
23.- Roncesvalles
24.- El ejército de Carlomagno
25.- El ejército de Baligán


26.- Se enfrentan los dos ejércitos



Se enfrentaron los dos ejércitos.


Impresionante era el campo de batalla por las grandes masas de hombres dispuestos a enfrentarse. Jamás hubo ejércitos tan numerosos. Ancha era la llanura y extensa la comarca. Esta circunstancia permitía a los combatientes maniobrar con holgura. Lucían bajo el sol los yelmos de oro cubiertos de pedrería, los escudos y lorigas bordadas y las lanzas y pendones atados a los hierros. Maravillaba la estampa guerrera, porque el dolor y la muerte aún no habían hecho acto de presencia.

Sonaban los clarines sin descanso en uno y otro bando, pero en el campo francés sólo se oía cada vez más claro el olifante que había pertenecido al invicto Roldán, muerto hacía pocos días en Roncesvalles por la traición de Ganelón.

El emir Baligán llamó a su hermano Canabeo, rey de Betulia, cuyas tierras llegaban hasta Valsevré. Cuando éste acudió a su lado, el emir le mostro las huestes de Carlomagno y exclamó con voz firme:

-Ahí está el orgullo de Francia. Su emperador cabalga jactancioso sin saber que va en busca de su propia derrota y muerte. Va detrás con esos viejos que sobre sus lorigas dejan flotar sus barbas blancas como la nieve. No obstante creo que combatirán bien y tendremos una dura y áspera pelea hasta conseguir la victoria. Esta es la más grande batalla que vieron los siglos.

-Bien has hablado, hermano –replicó el rey de Betulia-. Pero nada podrán contra nosotros. Somos muy superiores a ellos en todo. Mahoma y Apolo nos darán la victoria. Su dios nada podrá hacer para salvarles de la muerte y la humillación.

Entonces, Baligán se adelantó a sus tropas y gritó:

-¡Adelante sarracenos! Ha llegado el momento. Yo os indicaré el camino.

El emir blandió la lanza y enfiló la punta contra Carlos.

Carlos vio al emir y a sus ejércitos que llenaban la comarca menos el terreno que él pisaba. Entonces exclamó, dirigiéndose a sus hombres:

-Barones franceses, ha llegado el momento que esperábamos; delante nuestro se halla todo el ejército sarraceno, dispuesto a aplastarnos. Vosotros sois buenos vasallos y habéis resistido muchas batallas. Los infieles son felones y cobardes y su ley nada vale comparada con la nuestra. Sus dioses son falsos y nuestro Dios es verdadero. Aunque sean más numerosos que nosotros esto no es suficiente para vencernos. Somos mejores que ellos y cada francés vale por diez infieles. Tenedlo presente amigos, y seguidme pronto sin titubeos. El que no lo haga así puede irse, será cobarde e indigno de ser francés.

Carlomagno picó las espuelas al corcel, Vencedor saltó cuatro veces y los franceses dijeron admirados:

-El emperador es el más valiente de todos, nadie puede igualarlo. Cabalguemos sin temor y la victoria será nuestra, que nadie desfallezca ya que debemos vengar a los nuestros.

El día era claro y lucía el sol en lo alto.

Los dos ejércitos se aprestaron para el combate.

Choraron las vanguardias y los gritos de victoria y de dolor se entremezclaron. Caían los hombres, heridos y muertos.

El conde Rabel y el conde Guinemán soltaron las riendas y espolearon vivamente a sus corceles. Animados por su emperador los franceses comenzaron a herir con sus afiladas lanzas. Era tal su arrojo que muchos sarracenos mordieron el polvo sin poder maldecir a sus dioses.

El conde Rabel era un valiente caballero. Cabalgó sin temor y atacó al rey persa Turleu. Nada pudo hacer el sarraceno para evitar el encontronazo. El conde francés le hundió en el cuerpo la dorada lanza y le derribó muerto en el suelo. Y los franceses dijeron:

-¡Dios está con nosotros! El emperador es invencible y debemos ayudarle.

Guinrmán encontró al rey vitalicio y peleó con él. Poco duró el combate, pues el francés se impulsó enseguida. Le rompió la adarga pintada de flores, le desgarró la lóriga y le hundió en el cuerpo todo el gonfalón. Así murió el rey vitalicio con gran consternación de los infieles.

Los hombres de Carlos se alegraron extraordinariamente al ver tal proeza y exclamaron:

-¡Qué gran victoria la de Guinemán! Ha matado a uno de los reyes sarracenos, Dios eligió a Carlos para mantener la verdad. ¡Nadie podrá impedir su victoria!

Malprimis, el hijo del emir, montó en su caballo blanco, orgulloso de su fuerza se lanzó contra las filas de los franceses con ánimo de provocar su huida. Repartió feroces mandobles y mató a muchos guerreros. Luchaba con enorme denuedo.

Pero Malprimis no se daba perfecta cuenta del peligro que corría con su insensata audacia. Su padre, el emir Baligán se dio cuenta de ello y gritó a los suyos:

-¡Oh, mis barones! Mi hijo se ha adentrado en las filas enemigas en busca de Carlos; ha matado a muchos franceses, pero corre mortal peligro. Es preciso que le ayudemos con nuestras agudas lanzas.

Los guerreros del emir avanzaron entonces para socorrer a Malprimis y se abrieron paso entre las filas enemigas asestando terribles golpes. La batalla se hacía cada vez más encarnizada por la furia de los combatientes. Nunca se vio nada igual.

Numerosos eran ambos bandos y peleaban con fuerza. Todos los cuerpos del ejército habían entrado ya en combate. ¡Oh, señor! ¡Cuántas astas rotas por la mitad, cuántos escudos en el suelo, cuántas lorigas destrozadas!

El suelo estaba sembrado de cadáveres de ambos bandos, y la verde hierba del campo teñida de rojo.

El emir Baligán gritaba a los suyos:

-¡A ellos! ¡La victoria es nuestra! ¡Cargad contra los cristianos!

Dura era la batalla. Pasaban las horas y no menguaba el furor combativo y por los dos ejércitos se hacían alardes de valor. Llameaban los ojos de los combatientes y nadie pedía tregua ni cuartel. Aquella pelea iba a durar hasta la noche cuando las tinieblas impidieran la continuación de la matanza.

El emir seguía arengando a los suyos:

-¡Matad, sarracenos! ¡Pelead sin tregua hasta que no quede un francés con vida! Si así lo hacéis os daré grandes riquezas, feudos y dominios. Todos saldremos ganando con ello.
Y los infieles respondieron:

-¡Así lo haremos!.

Pero a fuerza de herir sin descanso, a los infieles se les rompieron muchas lanzas. Entonces desnudaron más de cien mil espadas. ¡Qué espectáculo más impresionante, señor!.

En el bando francés el capitán arengó a sus hombres:

-Señores barones, tengo fé en vosotros. Habéis luchado en muchas batallas, conquistado reinos, fortalezas y ciudades. Sé cuánto habéis hecho por mí y por Francia y quiero recompensaros con tierras y riquezas. Todo será poco por lo mucho que habéis hecho. Pensad, además, en Roldán, Oliveros, los doce pares y los veinte mil franceses que murieron en Roncesvalles a manos de los infieles. Ahora ha llegado la hora del desquite. Tenemos la razón de nuestra parte y venceremos.

-Decís la verdad, señor.
-Así debe de ser.
-No queremos riquezas sino victoria.
-Los infieles serán derrotados.

Así hablaban los nobles barones de Carlos. Y veinte mil hombres se reunieron junto a ellos, dispuestos a proseguir la lucha.

-¡Montjoie! ¡Montjoie! –gritaban todos.

Los veinte mil juraron fidelidad al emperador y no abandonarle nunca pasase lo que pasase, ni ante la muerte ni ante el dolor. Las lanzas y las espadas manejadas por ellos darían la réplica al terrible enemigo que esperaba la victoria por la superioridad numérica de sus huestes.

Y la batalla era maravillosa y encarnizada…

Malprimis, el hijo del emir Baligán, cabalgaba por el centro del campo y hacía grandes estragos entre los soldados de Carlos. Su espada y su lanza no se daban un momento de reposo, y la verde hierba se tenía de roja sangre.

El duque Naimón advirtió la mortandad que causaba el infiel y fue a su encuentro con ánimo de vencerle. Cuando estuvo frente a él le miró ceñudamente y con gran valor se lanzó a matarle. Desgarró el cuero de su escudo, rompió la cota y hundió en su cuerpo el gonfalón amarillo. Malprimis fue derribado de la montura y cayó exánime en el suelo entre los numerosos cadáveres que yacían en tierra.

-Ya nunca podrás hacer daño –gritó el duque Naimón. Y todos los franceses se alegraron de ello.

El rey Carlos abrazó a su barón que tanto valor había demostrado:

-Sois uno de los mejores, con hombres como vos segura es la victoria.

El rey Canabeo, hermano del emir, se dio cuenta de la muerte de su sobrino Malprimis y ardió en deseos de venganza. Espoleó duramente a su caballo y se enfrentó con el duque Naimón. El infiel desenvainó la espada que tenía el pomo de cristal. Sin darle tiempo golpeó a Naimón sobre el yelmo, que se partió en dos partes. Con la espada le rompió siete lazos sin que nada le sirviera al duque su almófar. Le hendió la cofia hasta la carne y arrojó un trozo a tierra.


Terrible había sido el golpe asestado por el infiel. El duque tardó en reponerse, y ya iba a caer cuando Dios le protegió. El duque se mantuvo abrazado al cuello de su corcel casi inconsciente. En aquella postura era indudable que si Canabeo asestaba de nuevo aquel golpe el noble barón podía darse por muerto. Pero el emperador se dio cuenta y corrió en su ayuda.

Abrazado al cuello de su caballo Naimón estaba indefenso y Canabeo se aprestaba a rematarle con un buen golpe cuando apareció Carlos. El emperador gritó con todas sus fuerzas:

-¡Cobarde infiel! Bien te aprovechas de su debilidad. Pero no podrás hacerlo porque tendrás que luchar conmigo. Heriste a este hombre, pero caro lo vas a pagar.

Y Carlos se lanzó sobre él sin darle tiempo a reponerse de su sorpresa.

Breve fue la pelea, Carlos le partió el escudo, le rompió la cota y el infiel cayó al suelo muerto. La silla había quedado sin jinete.

Los soldados de Carlos prorrumpieron en grandes exclamaciones de alegría al contemplar la singular proeza, porque amaban mucho a su emperador y también al duque Naimón.

Carlos estaba acongojado a ver a su fiel Naimón en aquella postración, el duque estaba herido y la sangre manaba con abundancia y regaba la verde hierba.

El emperador aconsejó a su fiel barón en los siguientes términos:

-Cabalgad junto a mí, mi buen Naimón. Muerto está el que os puso en trance de muerte. Tiene una lanza mía en el cuerpo y ya no podrá hacer más daño.

El duque respondió con voz débil:

-Gracias señor, os debo la vida.



Avanzaron juntos el señor y el vasallo, y detrás de ellos veinte mil franceses… 

sábado, 7 de enero de 2017

La Canción de Roland (24/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión
19.- La congoja del Rey Marsil
20.- El Emir Baligan
21.- Marsil recibe ayuda
22.- Marsil y Baligán
23.- Roncesvalles


24.- El ejército de Carlomagno

El emperador había dado las órdenes oportunas. Los dos primeros cuerpos del ejército estaban compuestos por franceses. Luego se formó el tercero. Estaba integrado por los vasallos de Baviera en número de veinte mil. Eran todos muy valientes y jamás cederían un palmo de terreno. Carlos los tenía en mucha estima por sus excepcionales cualidades. Al frente de ellos se puso Ogier el danés.

Se habían establecido ya tres cuerpos del ejército. El duque Naimón formó el cuarto con los barones alemanes en número de veinte mil. Tenían buen armamento y excelentes corceles. Eran bravos hasta la temeridad. Jamás huirían del campo de batalla. Germán, duque de Tracia, era su esforzado y valeroso capitán, incapaz de cometer una cobardía. 

El quinto cuerpo del ejército lo formaron el duque Naimón y el conde Jocerán con los normandos. Debían ser unos veinte mil. Disponían de buenos caballos y magníficas armas. Morirían todos antes de rendirse. No hubo jamás mejor gente en el combate. Su jefe era Ricardo el Viejo, muy diestro en la lanza. 

El sexto cuerpo del ejército lo formaron los bretones. Había en él unos treinta mil caballeros, que cabalgaban con marcial apostura, enhiesta la lanza y el gonfalón al viento. Los mandaba Eudes. 

El emperador llamó al conde Nevelón, a Tibaldo de Reims y a Otón y les ordenó:
-Os confío el honor de mandar a estos hombres. ¡Victoria o muerte!. 

El emperador tenía formados seis cuerpos del ejército. Luego ordenó al duque Naimón formar el séptimo. Lo integraron poitevinos y barones de Auvernia en un número de unos cuarenta mil. Poseían excelentes corceles y sus armas eran magníficas. Carlos los bendijo con su mano derecha, Jocerán y Gaucelmo serían sus jefes. 

El duque Naimón formó después el octavo cuerpo con flamencos y barones de Frisia. Eran unos cuarenta mil. Donde ellos estuvieran la lucha no cedería jamás. 

El rey Carlos se alegró extraordinariamente al ver su marcial apostura y exclamó dirigiéndose al duque Naimón:
-Nada tenemos que temer del enemigo. Nuestros hombres sabrán alcanzar la victoria. Reinalte y Aimón de Galacia serían los jefes del octavo cuerpo de ejército. 


Naimón y Jocerán formaron entonces el noveno cuerpo. Eran todos loreneses y borgoñones en número de cincuenta mil. Llevaban buenos corceles y fuertes lanzas de asta corta. Si los árabes presentaban combate no podrían vencerlos. Su jefe sería Terrín, duque de Argonia. 

El décimo cuerpo de ejército lo formaban franceses. Eran unos cien mil, los mejores capitanes de Carlos, de gallarda apostura, fiero aspecto y barbas blancas. 

Todos ellos iban vestidos con cotas y lorigas de doble tejido de mallas y llevaban espadas francesas y españolas. Sus labrados escudos ostentaban diversos emblemas. 

Montaron a caballo y prorrumpieron en gritos de combate: 
-¡Montjoie! ¡Victoria o muerte! ¡Roldán y Roncesvalles! 

Carlomagno iba con ellos. Godofredo de Anjou llevaba el oriflama que había pertenecido a San Pedro y se llamaba por eso Romano. Ahora le llamaban Montjoie. 

El emperador descendió de su caballo, se postró sobre la verde hierba con el rostro pegado a la tierra. Luego volvió su rostro hacia el sol levante y fervorosamente rogó a Dios:
-¡Ayúdame, Padre Santo, tú que todo lo puedes, Dios omnipotente que salvaste a Jonás de la ballena, que perdonaste al rey de Nínive, que libraste a Daniel de los leones; que tu amor nos asista en este día en que vamos a luchar contra los infieles que no creen en ti! Concédeme la victoria, si así te place. 

Cuando terminó su plegaria el rey se levantó del suelo y se santiguó. Luego montó en su rápido corcel, sostenido por Naimón y Jocerán. El emperador tomó su escudo y la aguda lanza, su cuerpo era noble, gentil y de bella prestancia. Su rostro era firme y claro. 

El emperador cabalgaba erguido sobre los estribos. Le seguían todos los franceses anhelantes de victoria. Por todas partes se oían los clarines de los guerreros que anunciaban el inminente combate. Pero el olifante que perteneció a Roldán se oía más alto que todos los clarines, era el presagio de la victoria, porque inflamaba el ánimo de todos los franceses que no olvidaban a Roldán. 

El sonido del olifante impresionó grandemente al emperador que no pudo contener el llanto. Los barones que iban a su lado también se sintieron profundamente afligidos. 

El emperador cabalgaba muy gentilmente. Por encima de la loriga, sobre su pecho, flotaba su barba. Los cien mil franceses cabalgaban también con aire animoso, dispuestos a la lucha. 

El ejército de Carlos cruzó los montes y las alturas rocosas, los profundos valles y los angostos desfiladeros. Salieron pronto de los puertos y de las tierras sin cultivo. Penetraron en la comarca de España y se establecieron en medio de una llanura. 

sábado, 21 de febrero de 2015

La Canción de Roland (5/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
....
Y el traidor Ganelón se despidió afablemente del rey y de sus nobles y partió hacia el campamento de Carlos. 


5.- El sueño de Carlomagno 


Mientras tanto el emperador Carlos había regresado a sus cuarteles. 


Después de esperar a su mensajero durante varios días dio la orden de ocupar la ciudad de Gulina. 

El conde Roldán fue el encargado de cumplimentar la orden del emperador. Con los doce pares, con su fiel Oliveros y con un brillante ejército, Roldán sitió la ciudad, que no pudo resistir largo tiempo. La victoria volvía a sonreir al invicto caudillo.

Pero Carlos seguía esperando noticias de Ganelón y por fin éste llegó al campamento franco de regreso de Zaragoza. 

El emperador se había levantado muy de mañana, como tenía por costumbre. 

Oyó la misa y los maitines, y al terminar se quedó de pie ante su tienda sobre la verde hierba. Pensaba en Ganelón y en su embajada, y negros presentimientos embargaban su mente. Junto a él estaban Roldán, que había regresado de su expedición victoriosa, el valiente Oliveros, el duque Naimón y otros esforzados capitanes.

Todos procuraban tranquilizar al rey con animosas palabras.

Por fin llegó Ganelón, el traidor, el felón, y fue recibido con gran contento del rey y de todos los presentes. 

Una vez el emperador le dio venia para hablar empezó a contar lo sucedido:

-Dios os salve, oh noble emperador -dijo-. Debo relataros lo sucedido con toda veracidad. Puedo deciros que os traigo las llaves de Zaragoza. Son vuestras. Además, llevo también conmigo el tesoro del rey Marsil y veinte rehenes en prenda de sus promesas. Están todos bajo vuestro amparo. 
El esforzado rey Marsil dice que si no os entrega el califa como pedíais no le culpéis a él. Yo os digo, o noble Carlos, que con mis propios ojos vi a cuatrocientos hombres en armas, con cota de malla, atado el yelmo y ceñidas las espadas de pomo nielado, acompañando al califa hasta el mar. Estos guerreros y el califa huían por no aceptar la orden del rey Marsil de hacerse cristianos. Navegaron cuatro leguas hasta que la tempestad y el huracán los asaltaron y ahogaron.  
Marsil intentó perseguirles pero fue en vano, sólo encontró cadáveres. No es culpa suya si no ha podido cumplir con lo que le ordenabais. Os aseguro que si el califa hubiera quedado con vida os lo hubiera traído. Aparte de esto, cumplirá en todo lo demás. Tened por seguro que no pasará un mes sin que os siga al reino de Francia, a Aquisgrán, y acate la ley cristiana. Os obedecerá en todo, señor, y espera que vos le entreguéis la mitad de España en feudo como vasallo leal vuestro. Y la paz reinará en todas las tierras. 

Terminó de hablar el pérfido Ganelón, que había empleado las palabras más convincentes para engañar al emperador y no despertar sospechas. 

El rey quedó convencido después de oir a Ganelón y exclamó satisfecho:

-Doy gracias a Dios por todo, habéis cumplido mis órdenes a la perfección y por ello seréis recompensado. Estoy contento de la decisión del rey Marsil de ser mi vasallo y de hacerse cristiano. Prefiero esta paz a todas las guerras. Ahora podemos regresar a Francia. 

Entre los soldados resonaron mil clarines y en todo el campamento se oyeron las voces de mando que alegraban todos los corazones. Los franceses levantaron el campo y cargaron las acémilas.

Cuando todo estuvo en orden, el gran ejercito de Carlomagno se encaminó a la dulce Francia.

En aquella guerra Carlomagno había dejado asolada a España. Tomó muchos castillos y destruyó muchas ciudades. Pero ahora la guerra había terminado y todos estaban contentos de ellos. 

El emperador y sus hombres cabalgaron, lo hicieron durante todo el día y al llegar el conde Roldán sujetó a su lanza el gonfalón. En lo alto de un otero lo levantó a los cielos. Al ver esta señal los guerreros hicieron alto y prepararon el campamento para descansar. 

Entonces, mientras los franceses se entregaban al descanso por los anchos valles cabalgaban los infieles, puestas las cotas, atado el yelmo, la espada al cinto, el escudo al cuello y aparejada la lanza, dispuestos a romper el pacto que habían hecho con Carlomagno. 




Cabalgaron los infieles hasta llegar a un bosque, allí en un altozano se detuvieron. Eran nada menos que ciatrocientos mil los guerreros que esperaban el alba. Cuatrocientos mil dispuestos a destruir al ejército franco de Carlomagno. ¡Qué pena, señor, que los franceses no supieran nada! ¡Qué pena que se consumara tan vil traición!

Había ya declinado la tarde y se ensombreció la noche. Todos descansaban en el campamento franco. 

Carlos, el poderoso emperador, dormía en su tienda. Y el sueño hizo su aparición.

Soñó que se hallaba en uno de los más grandes puertos de Cize. Carlos tenía en el puño la lanza de fresno y de pronto el conde Ganelón se la arrebató violentamente, de tal forma que las astillas volaron al cielo. 

Pero Carlos seguía durmiendo. No despertaba. 


Después de esta visión, lo asedió otra. Sueña que está en Francia, en Aquisgrán, su capilla. Un jabalí le muerde el brazo derecho. Del lado de las Ardenas, ve llegar un leopardo, que con gran osadía se arroja sobre su cuerpo. Del fondo de la sala surge un lebrel que corre hacia Carlos, galopando y brincando; de una dentellada, parte al primer animal la oreja derecha y entabla feroz combate con el leopardo. Y los franceses dicen: "¡Qué terrible batalla!" ¿Quién de los dos vencerá? Nadie lo sabe.

Carlos duerme, no se ha despertado.

La noche estaba a punto de terminar y se levantaba el alba. Al primer rato de sol despertó el campamento. 

Todos los guerreros se aprestaron para iniciar la marcha. 

El emperador cabalgaba orgulloso al lado de sus barones. Ya no se acordaba de los sueños de la noche anterior. 

-Señores barones -dijo el emperador-, conviene examinar con cuidado los puertos y desfiladeros. Hay que escoger entre vosotros el que mande la retaguardia. Conviene para nuestra seguridad y no debemos fiarnos de nada. 

Al oír las palabras del emperador, el conde Ganelón dijo con respeto e hipocresía:

-Creo que no debemos dudar ni un momento, señor, el hombre indicado para mandar la retaguardia debe ser Roldán, mi hijastro. Es el caudillo más fuerte de todos y el que inspira más confianza. 

Carlos miró severamente a Ganelón.

Recordaba ahora el sueño de la noche anterior durante el cual el conde le había arrebatado su lanza de fresno. Sin embargo, no podía mencionar el hecho pero algo en él le impulsó a decir:

-No me gusta nada vuestra proposición, conde. ¿Es que se os ha metido el demonio en el cuerpo? ¿Qué os pasa? ¿Por qué proponéis a Roldán para tal misión? ¿Quién mandará entonces mi vanguardia si no está Roldán? 

Y respondió Ganelón en tono humilde:

-No os molestéis conmigo, señor. Mi propuesta es en beneficio de vuestra gloria. Sólo Roldán puede mandar la retaguardia, señor. En cambio, de la vanguardia puede encargarse Ogier de Dinamarca. No hallaréis otro mejor que él. Si os ofenden mis palabras, señor, nada he dicho y podéis actuar como os plazca. Soy vuestro más humilde servidor.




El conde Roldán había oído la propuesta de Ganelón. Se irritó en extremo pero habló al rey como debe hacerlo un caballero bien nacido. Así le dijo con voz firme:

-Acepto, señor, la propuesta de mi padrastro, a quien de verdad quiero aunque yo dudo de su afecto hacia mi. El emperador, dueño de Francia, no perderá caballo de silla ni caballo de carga que yo no haya disputado primero con mi espada. Podéis estar seguro de ello señor. 
-No dudo, Roldán, de vuestro valor, sin embargo, no sé...
-Roldán es el hombre más indicado, señor -afirmó Ganelón. 

Entonces Roldán se dio cuenta de la insistencia de su padrastro y se volvió hacia él y le dijo en tono muy irritado:
-¡Sois un truhán! Sois hombre miserable, de raza vil. Habéis querido vengaros de cuando os propuse cómo embajador cerca del rey Marsil. Pero, sin embargo, acepto vuestra proposición. Iré a la retaguardia del ejército pero temáis, yo no dejaré caer el guante como vos hicisteis con el bastón ante el rey Carlos. 

Ganelón no se atrevió a replicar. Bajó los ojos y permaneció en silencio. 

Roldán se dirigió en tono solemne al emperador y le habló en los siguientes términos:

-Alto emperador, dueño de Francia, acepto mandar la retaguardia. Dadme el guante que tenéis en el puño y nadie podrá decir que lo dejé caer cómo hizo Ganelón con el bastón que recibió con su mano derecha. Estoy dispuesto, noble señor. 

Pero el emperador Carlos estaba cabizbajo. Se atusaba la barba y retorcía su mostacho.

Agachó la cabeza para que nadie le viera llorar. Recordaba el sueño y presentía grandes males antes de llegar a Francia. 

Al ver que el rey no daba muestras de aceptar la petición de Roldán, se acercó al duque Naimón, uno de los mejores vasallos de Carlos.

-Señor, ya lo habéis oído. El conde Roldán acepta mandar la retaguardia a pesar de estar furioso contra su padrastro. De todas formas pensemos que quizás sea mejor así. Nadie cómo él para tan prestigiosa misión. Dadle el arco que habéis tendido y determinad quiénes son los que hayan de acompañarle. 

Entonces el rey dio el arco y Roldán lo recibió. Carlos no había tenido más remedio que aceptar. Entonces dijo a Roldán:

-Caballero Roldán, sobrino querido, bien sabéis que he aceptado a regañadientes. Os ofrezco la mitad de mi ejército como retaguardia. No la rechacéis porque tal vez así logremos salvarnos todos. 


Pero el conde Roldán contestó:

-Perdonad, señor. No quiero la mitad del ejército. Dios me confunda si desmiento mi noble linaje, sólo necesito para la retaguardia veinte mil franceses, con ellos me basta para salvar al ejército. Vos podréis cruzar tranquilo los puertos. Nada puede ocurrir mientras yo viva. Os lo prometo.

-Gracias, noble Roldán, por vuestra fidelidad y abnegación. -Repuso el monarca con voz emocionada. 
     
6.- Los doce pares