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sábado, 24 de enero de 2015

La Canción de Roland (4/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
....


4.-La traición de Ganelón

El rey Marsil volvió a enfurecerse por las palabras de Ganelón. Cogió el documento, rompió el sello y leyó lo escrito, que confirmaba las palabras de Ganelón. Pero además, Carlos pedía al rey que le entregara prisionero al califa para compensar la muerte de sus emisarios Basán y Basilio.

El hijo de Marsil tomó la palabra y exclamó enfurecido:

-Esto es más de lo que podemos soportar, el rey Carlos pide demasiado. Su emisario Ganelón debe morir por su atrevimiento y orgullo.

Cuando Ganelón oyó estas palabras blandió la espada y se dispuso a vender cara su vida, pero Blancandrín habló al rey en secreto y éste ordenó a su hijo que no hiciera nada en contra del emisario.

Blancandrín y el rey Marsil hablaron un buen rato a parte. El vasallo explicó a su señor la conversación que había tenido con Ganelón durante el viaje y el odio que sentía el cristiano por Roldán. Le hizo ver que esto podría servir a sus planes y que había que tratar a Ganelón como amigo.

-De acuerdo, Blancandrín –dijo el rey-. Llamad al francés, será nuestro amigo.

Entonces Blancandrín fue a buscar a Ganelón y le condujo a presencia del rey.
El rey Marsil, con semblante afable, empezó a hablar:

-Buen caballero Ganelón, perdonad mis palabras de antes. Os traté con demasiada severidad y me arrepiento de ello. Os quise matar arrastrado por el furor. Quiero que seáis mi amigo, en prenda de ello os daré grandes riquezas.

Brillaron de codicia los ojos de Ganelón, que contestó en tono sumamente cortés:

-No rechazo vuestra amistad, noble rey, ni vuestras riquezas, que Dios os recompense sobradamente con todo, estoy a vuestras órdenes.

A lo cual contestó Marsil:

-Habéis de saber, Ganelón, que ya os profeso un gran afecto, Blancandrín me ha hablado mucho de vos y me siento complacido. Pero habladme ahora de Carlomagno, de este poderoso rey que eclipsa la grandeza del sol. Sin embargo, vuestro emperador es ya viejo y el tiempo no ha pasado en balde, dicen que ha vivido más de doscientos años, ha arrastrado su cuerpo por muchas tierras, ha recibido infinidad de heridas y ha vencido a muchos reyes. Debe estar ya cansado de guerra, ¿verdad Ganelón? ¿No creéis que ya es hora de pensar en la paz?

Y Ganelón replicó con voz pausada:

-No creáis esto, noble rey. Carlos no es viejo ni quiere la paz, nadie que le conozca puede pensar en esto. Es un valiente y nunca sabría yo ensalzarle y glorificarle lo bastante. Os digo, noble señor, que no puede medirse su poder con palabras humanas, sólo Dios puso límites a su grandeza.

-En verdad que parece milagroso todo lo que contáis –repuso el rey Marsil-. Casi no puedo creerlo. Sé que Carlomagno es viejo y canoso, que cumplió los doscientos años como os dije antes, que debe por tanto estar cansado de luchar… ¿Por qué pretende, pues, hacernos la guerra?

-Ya os dije que estáis equivocado, señor. No, no estará cansado de guerrear mientras viva su sobrino Roldán. Roldán es el hombre más valeroso bajo la capa del cielo y no le va en zaga su compañero Oliveros. Ambos son la flor de los doce pares que siempre le acompañan. Los doce pares son los favoritos del rey Carlomagno y forman su vanguardia con veinte mil caballeros. Por esto os decía antes que el rey Carlos no teme a la guerra, pues se siente seguro con Roldán y sus invencibles caballeros.

Pero el rey Marsil no acababa de comprender las palabras de Ganelón y continuaba insistiendo con terquedad:

-¡Seguís sin convencerme, Ganelón! Vuestro rey esta canoso y viejo, tiene que estar cansado de guerra.

-Y yo os repito otra vez que mientras viva Roldán no se cansará de guerrear, con Roldán, Oliveros y sus doce pares el emperador se siente invencible, no teme a nadie.

-Vamos, mi buen caballero Ganelón –dijo el rey Marsil-, poseo un ejército numeroso, puedo reunir cuatrocientos mil caballeros, ¿podré con ellos luchar contra Carlos? Decidme… ¿podré vencerle?

Y Ganelón con acento firme replicó:

-No podréis, noble rey. No podréis y además perderéis muchísimos guerreros. Tenedlo presente rey Marsil y dejaos de locuras. Es preciso que seáis prudente, aceptad todo lo que el emperador os propone. Es mejor para vos y vuestro pueblo. Dadle veinte rehenes y el rey os creerá. Creerá en vuestra sinceridad y regresará a la dulce Francia. Ya no pensará en la guerra sino en la paz. Tras el emperador seguirá la retaguardia, en ella irá, según creo y espero, Roldán y también Oliveros. Si lo consigo estos dos paladines pueden considerarse muertos, Carlos perderá a sus dos más esforzados capitanes.

-Buen caballero Ganelón –repuso el rey Marsil, cada vez más interesado-, si no me equivoco habéis hablado de matar a Roldán y a Oliveros. ¿Cómo será posible esto?


-No os preocupéis, sé cómo hacerlo –respondió Ganelón con una sonrisa-. Carlos regresará a la dulce Francia, tras él irá su retaguardia. El rey pasará sus tropas por los más angostos desfiladeros de Cize, en las tropas de la retaguardia estarán Roldán, Oliveros y veinte mil franceses, el emperador ya no podrá ayudarlos. Entonces es el momento en el que vos, oh noble rey, enviéis a cien mil de vuestros sarracenos para que luchen contra ellos. Vuestra victoria es segura, la gente de Francia morirá y sufrirá un serio descalabro. No cejéis en la batalla hasta que no quede vivo ni un soldado. En esas luchas morirá Roldán, no puede escapar. Esta victoria constituirá una gran hazaña y ya no tendréis más guerras y Carlos nunca más invadirá España.

El rey Marsil escuchaba atento y su corazón rebosaba de júbilo, pero Ganelón aún dijo:

-Con la muerte de Roldán, Oliveros y sus doce pares habréis conseguido una gran victoria sobre Carlos, el emperador ya no podrá rehacer su quebrantado prestigio, jamás podrá encontrar guerreros como los que habrán muerto.

El rey Marsil, rebosante de júbilo, abrazó a Ganelón, luego empezó a enseñarle sus tesoros.

-De todas formas las palabras solas valen bien poco –dijo el rey Marsil-. Es preciso jurar.

-De acuerdo, vos mandáis.

-Jurad que traicionaréis a Roldán.

-Sea como gustéis, juro traicionar a Roldán.

Y Ganelón juró sobre las reliquias de su espada Munglés.
Pero el rey Marsil aún no estaba satisfecho y quiso jurar él también. Había allí un faldistorio de marfil y el rey ordenó que le llevaran un libro en el que estaba escrita la ley de Mahoma y Tervagán. Sobre este libro juró el sarraceno diciendo que si en el combate encontraba a Roldán lucharía con él hasta matarle.

-Que así sea –respondió el pérfido Ganelón.

Acudieron entonces varios nobles sarracenos a felicitar al traidor. Uno de ellos, Valdabrún, se acercó al rey Mársil. Luego, riendo, habló así a Ganelón.

-Os felicito, noble señor, en prenda de mi amistad os entrego mi espada, no hay otra cosa mejor en todas estas tierras. El pomo vale más de mil escudos de oro, por mi parte os prometo colaborar en la empresa de matar a Roldán.

-Os lo agradezco mucho, así se hará –respondió el conde Ganelón.

Y en prenda de amistad el cristiano y el sarraceno se besaron en el rostro y en la barba.

Después se acercó otro infiel, Climorín, éste le dijo a Ganelón con una sonrisa:

-Os entrego mi yelmo, noble señor, no hay otro igual en estas tierras, yo también os ayudaré en la empresa de vencer a Roldán.

-Gracias, así se hará –repuso Ganelón.

Y luego se besaron en el rostro y en la barba en señal de amistad.

La reina Abraima, esposa de Marsil, habló al conde Ganelón en los siguientes términos:

-Mucho os aprecio, señor, porque mi esposo y todos os tienen en tanta estima. En prenda de mi amistad os entrego dos ajorcas para vuestra esposa. No las hay mejores por estas tierras, son de oro, con amatistas y jacintos y valen más que todas las riquezas que pasee Roma. Son un regalo digno de un emperador.

-Gracias, noble señora. Ofreceré las ajorcas a mi esposa en vuestro nombre, nunca sabrá agradecéroslo bastante.

Entonces el rey Marsil llamó a Malduit, su tesorero.

-¿Está preparado el tesoro que hemos de entregar al rey Carlos? –preguntó.

-Si, señor, está ya preparado según vuestras instrucciones, es el tesoro más rico que jamás haya soñado persona alguna. Son trescientos camellos cargados de oro y plata.

-Muy bien, Malduit. Has cumplido perfectamente mis órdenes, serás recompensado por tu celo.

El rey Marsil puso la mano sobre el hombro del conde Ganelón y le habló así:

-Sois un hombre esforzado y prudente. Vuestros consejos han sido muy valiosos. No lo olvidaré jamás. En nombre de vuestro Dios continuad siendo amigo nuestro y no tendréis de qué arrepentiros. Os lo aseguro. Y para que veáis que no todo son palabras quiero regalaros una parte de mis riquezas: diez mulos cargados con el oro más fino de Arabia. Anualmente recibiréis igual cantidad. Y ahora podéis ir con el emperador y hacerle entrega de los grandes tesoros que le doy en prenda del pacto para que se retire a Aquisgrán; trescientos camellos cargados de oro y plata y veinte rehenes. Creo que Carlos creerá en mis palabras con semejante ofrenda. Y vos ya lo sabéis: que Roldán y sus hombres queden rezagados y ya nos encargaremos nosotros de que no quede ni uno siquiera con vida.

-Estad seguro que cumpliré lo pactado pero debo marchar enseguida para no inspirar sospechas.



Y el traidor Ganelón se despidió afablemente del rey y de sus nobles y partió hacia el campamento de Carlos.  

5.- El Sueño de Carlomagno

lunes, 15 de diciembre de 2014

La Canción de Roland (3/34)

...

 3.- Ganelón y Blancandrín

El conde Ganelón entró en su tienda, descansó en la cama durante una hora y luego se vistió con sus mejores armas, fijó a sus pies espuelas de oro y ciñó a su costado la espada Munglés.

Salió de la tienda y montó en su caballo Tachebrún, su tío Guinemaro, que mucho le apreciaba, sostenía el estribo. Entonces acudieron allí otros muchos caballeros, amigos todos de Ganelón. Lloraban algunos al ver partir a su amigo a una suerte incierta y decían “todo ha sido obra de Roldán que os odia” “es una lástima que partáis después de haber sido tan buen vasallo” “Roldán debió pensar que vos descendéis de noble linaje”

Ganelón oía en silencio a sus amigos, varios de ellos querían acompañarle pero Ganelón les contestó:

-No puede ser, amigos míos, no place a Dios nuestro señor que tenga compañía, lo que he de hacer debo hacerlo solo. Es preciso que yo muera para que vivan tan buenos caballeros. Vosotros regresaréis a la dulce Francia, sólo os pido que saludéis de mi parte a mi esposa y a Pinabel, mi amigo y mi par, y a Balduino, mi hijo. Ayudadle y honrarle como si fuera yo.

Y dicho esto, saludó a todos con un movimiento de brazo y avanzó por la llanura en dirección al campamento de los mensajeros del rey Marsil, con los cuales debía emprender el viaje hacia Zaragoza.

El conde Ganelón cabalgó incansable bajo los altos olivos, allí se reunió con los mensajeros del rey Marsil que ya estaban enterados de su misión. Todos juntos emprendieron viaje a Zaragoza. Por el camino Ganelón conversó largamente con el astuto Blancandrín, enterado ya de su disputa con Roldán. Blancandrín era un hombre muy prudente al hablar, encubría siempre sus verdaderas intenciones y dijo:

-Vuestro rey Carlos es un hombre extraordinario, es un gran guerrero que ha conquistado Apulía y Calabria, cruzó la mar y derrotó a los sajones pero ¿para qué necesita tantas victorias? ¿qué pretende aquí en España?

-Carlos pretende su gloria, la gloria imperial. Nadie podrá vencerle –exclamó Ganelón con aire de arrogancia-. Blancandrín repuso entonces:

-De acuerdo con lo que decís, la gloria del emperador no ha de empañarse jamás pero.. si me atreviera…

-Podéis hablar con total franqueza, Blancandrín –dijo el conde franco.

-Pues los franceses son gente muy noble y valiente, no puede dudarse de ello, sin embargo hacen un gran mal a su señor al darle consejos tan… exaltados. Quieren la guerra y el exterminio de todos sus enemigos.


-No lo creáis, señor, nadie quiere eso excepto Roldán –respodió Ganelón- pero algún día se acordará de sus bravatas. Es él quien excita al emperador y le obliga a guerrear siempre, pero su mismo orgullo será su perdición. Si queremos la paz es preciso matar a Roldán, él es el único obstáculo.

Blancandrín sonreía al decirle a su acompañante:

-Veo que odiáis a Roldán y por cierto que no os lo censuro. Yo también le odio porque quiere reducir a mi nación a la esclavitud y dominar todas las tierras de España, pero veamos, si así piensa Roldán ¿podéis decirme con que medios cuenta para triunfar?
Ganelón contestó sin reparo:

-Cuenta con los franceses, señor Blancandrín, con los franceses que le aman tanto que nada le negarán de cuanto les pida aunque sea la propia vida, él les da oro y plata, caballos y armas. El emperador nada les niega, ni favores ni riquezas, tiene todo cuanto puede desear. Os lo afirmo solemnemente, Blancandrín, Roldán conquistará todas las tierras desde aquí hasta oriente.



Blancandrín observaba atentamente a Ganelón mientras hablaba, el odio y la sed de venganza contra Roldán destilaban en cada palabra que pronunciaba el conde francés.
Siguieron cabalgando el sarraceno y el cristiano por veredas y caminos sin apenas notar el cansancio, entretenidos en su conversación. Muy pronto se pusieron de acuerdo en la conveniencia de matar a Roldan, que estorbaba a ambos.

Por fin llegaron a Zaragoza con los demás mensajeros que a prudente distancia de ellos habían permanecido callados todo el camino.

Cuando divisaron la ciudad echaron pie a tierra, bajo un tejo, muy cerca de allí, a la sombra de un pino, estaba el rey de Zaragoza que dominaba a toda España. Los esclavos del rey habían levantado un faldistorio guarnecido de seda de Alejandría. Junto al rey y por toda la llanura había veinte mil sarracenos.



Todos callaron al ver llegar con paso apresurado a Blancandrín, Ganelón y los demás mensajeros. Blancandrín se acercó respetuosamente al rey Marsil llevando a su lado al conde Ganelón. Así le habló el vasallo a su señor:

-Os saludo, noble rey, en nombre de Mahoma y Apolo cuyas santas leyes guardamos todos. Ya hemos cumplido vuestro encargo llevando el mensaje a Carlos. El emperador levantó las manos al cielo y alabó a su Dios, sin decir nada más, pero os envía, oh noble y poderoso señor, a uno de sus barones que es francés y de muy elevada alcurnia, él os dirá lo que piensa el emperador, por él sabremos si habrá guerra o paz.

El rey Marsil miró con atención al mensajero del emperador, luego dijo con voz reposada:

-Has cumplido bien mis órdenes, noble Blancandrín, tú y los demás mensajeros seréis recompensados si todo sale como yo espero. Ahora, que hable el enviado de Carlos, le escucho.



Mientras, el conde Ganelón estaba reflexionando sobre lo que iba a decir, como hombre sensato empezó a hablar en los siguientes términos:

-Os saludo, oh noble rey, en nombre de Dios glorioso a quien todos debemos adorar, os llevo el mensaje de mi rey Carlos, paladín de la Cristianidad; aceptad la fe cristiana y mi rey os dará en feudo la mitad de España, en el caso de que no aceptéis este trato os declarará la guerra, os vencerá y os llevará atado hasta Aquisgrán. Allí se os juzgará u seréis condenado a muerte, moriréis de muerte vergonzosa y vil.

El rey Marsil al oír las palabras del mensajero montó en terrible cólera, estuvo a punto de arrojar al conde su emplumado dardo pero los que estaban a su lado le contuvieron.

El rey seguía en su furor, volvió a blandir el dardo amenazando a Ganelón, este echó mano de su espada para defenderse.

-Jamás dirá el rey de Francia que fui cobarde con los enemigos de su imperio, quien desee atacarme pagará un alto precio por mi vida.

-Evitemos la lucha –dijeron los nobles sarracenos que rodeaban al rey Marsil.

Por fin el monarca sarraceno abandonó su actitud hostil y ocupó otra vez el faldistorio.

-No podéis matar al enviado del rey francés, señor.

-Aplacas, señor, y dejad que se explique.

Así hablaban los nobles sarracenos en un intento de apaciguar la cólera del rey Mársil.

-Señor, dijo Ganelón -, sabía lo que me esperaba al acudir ante vos pero sin embargo estaba dispuesto a pasar por la prueba, ni por todo el oro del mundo callaría yo lo que Carlos me ha confiado para vos, su mortal enemigo.

Ganelón arrojó al suelo su manto de pieles de marta cebellina recamado de seda pero su puño derecho sostenía firmemente la espada, todos los presentes admiraron su arrogante gesto y exclamaron:

-¡Es un valiente!

Ganelón se adelantó al rey y le dijo:

-Os habéis enojado injustamente, el poderoso Carlos os propone la paz, sólo exige que os hagáis cristiano. A cambio de esto os dará en feudo la mitad de España, la otra mitad es para su sobrino Roldán, en verdad que vais a tener un vecino muy peligroso, si no aceptáis, el rey vendrá a poner sitio a Zaragoza y seréis derrotado, hecho prisionero y llevado a Aquisgrán, ya os lo he dicho antes. Y para confirmar mis palabras aquí tenéis el breve del emperador.




Y con la mano derecha le entregó el documento al rey infiel. 

Continúa en el cuarto capítulo

sábado, 8 de noviembre de 2014

La Canción de Roland (2/34)

1.- EL REY MÁRSIL


2.- LA EMBAJADA



Los diez nobles del rey Marsil llegaron hasta el campamento del emperador. Éste sentíase jubiloso y de buen talante. La ciudad de Cortes se encontraba ya en su poder, y las murallas de la ciudad habían sido derruidas.  Las máquinas de guerra derribaron los torreones y los infantes entraron por las puertas y recogieron un gran botín; oro, plata y costosas armaduras.

Embajadores de Marsil ante Carlomagno, 

Manuscrito de Bonn, Lapiz a Color, año 1.450
El campamento imperial se hallaba en una ancha pradera, al emperador le rodeaban sus nobles barones, el valiente Roldán, el altivo Anseís, Godofredo de Anjou el gonfalonero, el prudente Oliveros, el duque Sansón, Garín, Gerer y otros muchos caballeros de la dulce Francia hasta quince mil.

Los del séquito real estaban sentados sobre blancos tapices, los caballeros de más edad entretenían sus ocios jugando al ajedrez y a las damas, mientras los jóvenes se adiestraban en el manejo de la espada.



Bajo un pino, junto a un agavanzo , los críados habían preparados un faldistorio,  todo de oro puro. Allí se sentó el emperador Carlos, que destacaba de todos los demás por su barba blanca y su florida cabeza, gallardo cuerpo y fieros ademanes.

Los enviados del rey Marsil echaron pie a tierra y en seguida fueron conducidos a su presencia. Le saludaron con reverencia, y, a un gesto de Carlos, Blancandrín habló en los siguientes términos:

Llegada de la Embajada de Marsil a Carlomagno, miniatura del SXIV Biblioteca Marciana, Venecia. 

-Os saludo, noble y alto emperador de todos los reinos cristianos de aquende y allende por los Pirineos, en el nombre de Dios todopoderosos, a quien vosotros adoráis y a quien nosotros debemos adorar, escuchad el mensaje que os envía el poderoso rey Marsil de la muy noble villa de Zaragoza. Penetrado de la ley salvadora quisiera ofreceros tributos regios, os dará lebreles en abundancia, osos y leones encadenados, setecientos camellos y mil azores, además, cuatrocientos mulos cargados de oro y plata y una reata de cincuenta carros repletos de besantes de oro fino, en tal cantidad podréis pagar largamente a vuestros soldados. A cabio de esto, mi señor os pide que regreséis a Francia, a Aquisgran, no necesitáis luchar ¡oh noble emperador! por cuanto os ofrecemos la paz, mi rey os promete seguiros a no tardar mucho.


El rey Carlomagno recibe los regalos de Marsil, SXIV, Biblioteca Nacional de Oester, Viena. 

Blancandrín calló esperando una respuesta, el emperador tendió al cielo sus brazos, bajó la cabeza y comenzó a meditar. Nadie de los presentes se atrevía a interrumpir aquel silencio tan lleno de presagios. Moros y cristianos sabían de la prudencia del rey Carlos y que jamás hablaba por hablar.

Cuando el monarca franco se levantó del asiento su rostro estaba lleno de nobleza:

-Habéis hablado bien, noble barón. Pero tened en cuenta que hasta hoy el rey Marsil ha sido un gran enemigo. ¿Cómo podré fiar en sus palabras?

-Mi rey os ofrece rehenes –respondió el sarraceno con una sonrisa-. Diez, quince, veinte, los que queráis. Os traeré a mi propio hijo y con él a los hijos de los más esclarecidos barones de nuestra tierra. Cuando estéis ya en vuestro palacio de Aquisgran y celebréis la gran fiesta de San Miguel del Peligro, acudirá mi señor.  Quiere ser cristiano y vasallo vuestro, no podéis dudar de estas pruebas que os ofrece, oh noble emperador.

Los emisarios de Marsil ofrecen una falsa paz, Dibujo en pluma de 1.180-1.190, Biblioteca Universitaria de Heidelberg

La tarde era hermosa y risueño el crepúsculo, Carlos despidió a los mensajeros y ordenó levantar una tienda en medio del ancho vergel para albergar en ella a los enviados del rey Marsil. Al día siguiente, muy de mañana, se levantó el emperador. Asistió a los maitines  y a la misa. Después, bajo un pino, convocó a sus barones, quería hablarles del mensaje del rey Marsil y ser aconsejado por ellos.

El rey se sentó y todos los barones hicieron lo mismo. Entre ellos estaban el duque Ogier y el arzobispo Turpin, el valiente Acelino, conde de Gascuña, Garín y Gerer, Ricardo el viejo y su sobrino Enrique, Tibaldo de Reims y su primo Milón, el conde Roldan y el esforzado Oliveros. Estaban presentes más de mil caballeros de la dulce Francia, y entre ellos Ganelón, que luego habría de traicionarlos.

Carlomagno junto a Roldan y Olivier, 

detalle de un vitral de la Catedral

Románica de Estrasburgo, año 1.200
Cuando se hizo el silencio empezó a hablar el emperador:

-¡Barones del Imperio! Ya sabéis que el rey Marsil de Zaragoza me ha enviado mensajeros para ofrecerme una parte de sus riquezas a cambio de una paz eterna. Pero me invita a regresar a Francia y asegura por su honor que el acudirá a Aquisgrán para hacerse cristiano y vasallo nuestro. Estas son sus intenciones pero no sé si en ellas hay doblez o farsa.

El emperador había expresado su pensamiento y esperaba el consejo de sus barones, 
entonces se levantó el esforzado Roldan y dijo:

-No os fieis de Marsil, señor, hace ya siete años que estamos en España y hemos conquistado muchas ciudades. Yo mismo, señor, os conquisté Napal y Monubles, tomé  además Valtierra y las villas de Pina, Balaguer, Sevil y Tudela. He de deciros también, señor, que en todo momento el rey Marsil se comportó como un traidor, una vez envió a quince de sus siervos con ramas de olivo y todos traían siempre el mismo mensaje, entonces escuchasteis lo que pensaban vuestros guerreros del enemigo sarraceno. Os aconsejaron mal, tuvisteis fe en sus promesas y enviasteis al infiel a dos de vuestros condes, a Basán y a Basilio, que fueron decapitados cerca de Peraltilla. Ya veis, señor: no hay que fiarse de un enemigo tan innoble… No aceptéis la paz y continuad luchando como hasta ahora. Es más, decid a los mensajeros de Marsil que vais a atacar Zaragoza. Sitiad la ciudad aunque esta empresa haya de durar toda la vida, y así vengaréis a los que fueron muertos a traición por los sarracenos del rey Marsil.

Carlomagno sentado entre Roldan y Olivier, dibujo a pluma de 1.180-1.190, Biblioteca Universitaria de Heidelberg. 

El emperador escuchó atentamente las palabras de Roldán sin saber que contestar, estaba cabizbajo, se atusó la barba y el mostacho…
Los nobles barones permanecían también callados hasta que uno de ellos, Ganelón, se levantó y se acercó a Carlomagno, con ademán altivo empezó a hablar.

-No es posible rechazar las promesas del rey Marsil, ¡Desdichado de vos si hacéis caso del consejo dictado por el orgullo! Debe prevalecer la sensatez en todos nuestros actos. Los locos sobran en nuestros consejos, atengámonos a los juicios discretos…

Después de hablar Ganelón avanzó Naimón, el vasallo más fiel que tenía Carlomagno, y dijo:

-Habéis oído el parecer de Ganelón, señor, creo que es sensato y debemos seguirlo, el rey Marsil esta derrotado y hoy os ofrece la paz. Sería temerario ir más lejos, además, os ofrece rehenes en prenda de buena fe, no podemos desconfiar de sus intenciones, esta guerra no debe continuar…

Muchos de los presentes hicieron signos de aprobación, el mismo rey parecía convencido.

-Nobles barones – preguntó el soberano- ¿quién de vosotros podría ir a Zaragoza con un mensaje mío para el rey Marsil?

Entonces el duque Naimón se levantó a hablar.

-Si dais vuestra venia, iré yo. Yo seré vuestro mensajero.


-No, no iréis, no los quiero. Sois, es cierto, hombre de excelente consejo y os quiero cerca de mí, sentaos, duque.

Naimón, entristecido, obedeció a su soberano.

-Nobles barones –repitió el rey- ¿a quién podré enviar a Zaragoza?

El esforzado Roldán contestó:

-Yo puedo ir, señor

-No, vos no podéis ir –interrumpió el conde Oliveros-. Sois demasiado altivo y vuestro hablar es rudo. Me temo que el sarraceno se sienta humillado por vos y os mande encerrar en una mazmorra, yo puedo ir si el rey quiere…

-Callad los dos –replicó Carlomagno- no vais a ir ni uno ni otro, por mi barba blanca ¡mal haya quien me nombre a uno de los doce pares!

Todos los presentes se estremecieron al observar la cólera del rey, entonces se levantó el arzobispo Turpín de Reims y habló así al soberano:

-Tenéis razón, señor, vuestros pares no deben encargarse de tal misión. Siete años hace que luchan sin desmayo en esta tierra y han sufrido muchas fatigas y sinsabores. Dejad que vaya yo, señor. Dadme el bastón y el guante en calidad de enviado vuestro. Yo veré al rey Marsil y podré deciros lo que piensa en realidad, o sea, si son verdaderas o falsas sus promesas.

-¡No admito vuestra petición, arzobispo Turpin, no seréis vos el mensajero! –exclamó el emperador en tono colérico- y no habléis más si yo no os autorizo. 

Otra vez se hizo un silencio embarazoso, dominado por la cólera del emperador franco. 

Este volvió a hablar con voz potente:

-Ya sabéis cuáles son mis ideas, elegid ahora al barón que lleve al rey Marsil mi mensaje.

-Yo propongo a Ganelón, mi padrastro –dijo Roldán.

Roldán propone a su padrastro Ganelón, como embajador ante Marsil,
Dibujo a pluma de 1.180-1.190, Biblioteca Universitaria de Heidelberg.


La mayoría de los presentes expresaron con murmullos su asentimiento, se oyó comentar entre ellos “Roldán está en lo cierto, Ganelón es el mejor mensajero que nos sería posible encontrar”

El conde Ganelón no era del mismo parecer, al oír la propuesta de Roldán empezó a arrancar de su cuello, con ademán furioso, las grandes pieles de marta. Luego se levantó de su asiento y se acercó a Roldán.

-¡Estás loco! –exclamó en tono colérico-. ¿Por qué me odias de esta manera? Me has propuesto a mí, que soy tu padrastro, de mensajero. ¿Por qué? ¿Acaso quieres mi muerte? Deseas que hable con el rey Marsil ¿verdad?, pues iré, ya que el rey a aprobado tal designación, pero si Dios permite que regrese sano y salvo, te aseguro, Roldán, que te infligiré tal quebranto que lo recordarás mientras vivas.

-¡Bah! Habláis en tono jactancioso y esto no cuadra con vuestra persona, por otra parte, no me importan vuestras amenazas. Os he propuesto creyendo honraros ante el rey, puesto que sois mi padrastro, pero estoy dispuesto a ir yo en vuestro lugar si el rey lo acepta.

-No, tú no irás en mi lugar –repuso Ganelón con ademán altivo- Has de saber que no le tengo miedo a nada ni a nadie, y menos a un rey infiel. Ni tu eres mi vasallo ni yo soy tu señor, Carlos es el único que puede mandarme. Si él lo quiere iré a entrevistarme con el rey Marsil, pero a ti, Roldán, no voy a perdonarte tu intromisión ni el que me hayas propuesto para el cargo de mensajero. 

Carlomagno envía a Ganelón como embajada al rey Marsil, Miniatura de 1.274
de la Biblioteca de Sainte Geneviève, París.
Al oír estas palabras de Ganelón, Roldán no pudo hacer menos que echarse a reír, lo cual aumentó la cólera de aquél, y dijo Ganelón al imprudente Roldán:

-Os lo vuelvo a repetir Roldán, jamás perdonaré que me hayáis propuesto para esta misión, os odio, Roldán, no olvidéis mis amenazas, y ahora –repuso dirigiéndose a Carlos- aquí me tenéis, alto emperador. Soy vuestro vasallo y como tal cumpliré vuestro mandato.

El emperador había escuchado el diálogo sin pronunciar palabra, conocía el genio del conde y no dio mucha importancia a sus amenazas.

-Iré a Zaragoza –añadió Ganelón-, puesto que es voluntad vuestra. Pero en esta empresa no tengo asegurado el regreso, no lo olvidéis, señor. Pensad en mi esposa, que es vuestra hermana, y en mi hijo, el más bello doncel que existe en Francia. Mi hijo Balduino es mi heredero, cuidad de ellos, señor, si acaso no vuelvo a verlos.

Ganelón es enviado a Zaragoza ante el Rey Sarraceno, Grandes Crónicas de Francia.
S XIV, Biblioteca Nacional de Oester, Viena. 

-No estáis muy animados en verdad –exclamó Carlomagno-. Pero en fin, no tengáis cuidado, vuestra esposa y vuestro hijo están bajo mi protección. Y ahora acercaros y tomad el bastón y el guante, emblemas del mensajero. No penséis mal de Roldán, habéis sido elegido por mis barones.

-No lo creáis, señor. Todo ha sido un ardid de Roldán para vengarse de mí, me odia, señor. Jamás podré quererle, ni tampoco a Oliveros ni a los doce pares porque todos ellos son amigos suyos y le quieren. Todos son mis enemigos y ¡les reto a todos ante vuestra presencia!

-Os ofusca el odio, Ganelón, estáis trastornado –dijo el rey-. Vamos, olvidad todo esto, partiréis hacia Zaragoza puesto que tal es mi voluntad.

-Así será, señor, pero quiero ir sólo, como Basilio y su hermano Basán, que fueron decapitados por los sarracenos. Si es la voluntad de dios, aceptaré, sea buena o mala la suerte que se me depara.  


Carlomagno le tendió el guante de su mano derecha y Ganelón fue a recogerlo sin ningún entusiasmo. El conde hubiera deseado estar muy lejos de allí, tal era el desagrado con que cumplía la orden del rey. Pero el guante no quedó en sus manos, sino que cayó al suelo. 

Era un mal presagio y todos los nobles exclamarn acongojados:

-¡Esto es un mal signo! Esta embajada no ha de tener mucho éxito.

Ganelón hizo como si no oyera las palabras de los asistentes. Su odio era tan grande que no hacía caso de augurios funestos. Recogió el guante y lo guardó en su bolsa, luego se inclinó hacia el rey y dijo:

-Con vuestra venia, señor, puesto que he de marchar, no quiero demorarme más tiempo.

-Podéis hacerlo, conde, id con dios y en mi nombre.

Y el emperador hizo en el aire la señal de la cruz, después le entregó el bastón y el breve.  
   
Ganelón toma el breve. Grandes Crónicas de Francia, París, BnF, Finales del S XIV